martes, 7 de septiembre de 2010

EL DIENTE DE JAIME

Jaime era un niño buenísimo-eso decían todos a su alrededor-.Estudiaba todo lo que tenía que estudiar, no daba disgustos en casa, no era especialito en las comidas, ni tan siquiera se encaprichaba que a su edad era muy común. Aquella primavera fue perdiendo los pocos dientes de leche que le quedaban y ya se iban notando en su físico cambios de etapa, pelusilla en distintas partes de su cuerpo y algún gallo.




Ya casi a las puertas del verano, Jaime, luchaba afanoso con el último de esos dientes que se empeñaba en no dejar salir al de verdad y que producía terribles dolores al chico. Lo había intentado casi todo, casi todo lo que no produjera un dolor mas allá del insoportable pero ya conocido que representaba el del diente nuevo empujando al otro para fijar su sitio. Con su lengua jugaba a moverlo, como queriendo arrancarlo suavemente y con cariño metía la puntita de su lengua entre la base del diente y la encía, en un hueco minúsculo pero que le permitía actuar a modo de palanca y conseguir con el músculo de su lengua, poco a poco desplazar a la insegura pieza dental.


Pasó así semanas, el dolor se alternaba con la sensación de hormigueo e insensibilidad. Ya se estaba planteando algún modo más cafre pero eficaz de sacarse el mal e incluso ir al dentista para que se lo extrajera. No se decidía. -¿Se tendrá que caer no?-se decía así mismo pero si convicción…


Se paró delante del espejo con la cara cambiada, distinta. Se aferró con las manos asido a ambos lados del lavabo, acercándose cada vez mas al espejo cuarteado del baño. Su cara no recordaba a la del buenísimo niño que decían todos a su alrededor, su rostro reflejaba cierto rencor y de sus ojos rebosaba la nostalgia en forma de ojeras, arrugas y bolsas que desfiguraban en parte, lo que de Jaime quedaba.


Ya no jugaba con su lengua, es mas, evitaba chocarla con nada como si aquel músculo fuera el ojo que por dentro de su boca iba viendo y certificando su declive.


Se acercó un poco mas al espejo, ya veía claras también las arrugas de la frente y varias gotas resecas en sus lagrimales. Secas de años, como de no atreverse a suicidarse por la cara y se quedaron para siempre agarradas a su ojo. Hacía mucho que no lloraba, ni siquiera recordaba cuanto. Hacía mucho que sus seres queridos habían muerto y los motivos que podían hacerle llorar ya los tenía tan enquistados que las lágrimas no atendían a sus quejas y aguardaban impasibles quizá para una última vez.


Jaime recorría con sus manos temblorosas su cara y su cuello como queriendo reconocerse frente a aquel espejo que reflejaba otra cara de la que él se sentía. En seguida recorrió su espalda un calambrazo que desembocó en su cabeza a modo de recuerdo. Sintió por momentos paz. Años atrás una persona le había dado tanto cariño en su particular guerra con los dientes que incluso sintió el roce de un abrazo en aquel aseo vacío. Aquella persona le tranquilizaba sobre manera hasta confortarle cuando se le empezaron a caer en tromba trozos de dientes, no los de leche. También recordó un sueño que se le repetía por aquel entonces. Mientras dormía en su sueño se sobresaltaba en la noche y se incorporaba agitado, aterrado. Con una mano tapándose la boca y otra agarrando con fuerzas de dolor las sábanas. Se quitaba la mano de la boca y empezaba a escupir todos sus dientes a trocitos, mezclados con sangre que también le escurría por la barbilla y que terminaban mezclándose con ríos de lágrimas en silencio por todo su alrededor. Era un sueño sin sonido. Quizá ya no recordaba.


Clavó sus ojos en el espejo diciéndose-¿se tendrá que caer no?-y con decisión arrancó el último diente que le quedaba en la boca. Se estremeció del súbito dolor que recorrió todos sus huesos en un instante y un hilillo de sangre comenzó a precipitarse por el labio.


Le cayó una lágrima. Su última lágrima.






Cáceres-Lijó 2009

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