martes, 4 de octubre de 2011

trip to hell: NATIONAL EXPRESS

   A petición popular he de hacer publico la realidad del transporte en bus en las Islas Británicas. Lejano queda ya el tiempo en el que el "gentleman" inglés era el prototipo de ciudadano y la puntualidad mas que una virtud era una obligación. Una cuestión de honor.
   El caso es que por causas del destino nos encaminamos en un viaje sin retorno (psicologicamente) en donde pretendíamos ir de Leeds a Londres durmiendo, aprovechando que era por la noche. La noche empezó mal, Lo sé. Ya que a mi colega se le rompió una de las ruedas de su maleta con 15kg de sobrepeso. El pobre fue arrastrándola hasta la "station" quemando goma y acordándose del que se la vendió. El tiempo de espera no fue mucho. No habíamos cenado y me acerqué a un puesto de comida con la intención de pagar en tarjeta pero no era posible. Nos disponíamos a estar mas de un día sin comer, a la postre también sin dormir. A nuestra vera chusma del montón: algún borracho, una yonkie, dos emos y algún "suporter" del Leeds. Todo parecía raro. Subimos al autobús de los últimos y ya no pudimos sentarnos juntos. Él a la izquierda y yo a la derecha. Mi nuevo amigo era un chino descalzo. Olía muy mal y no paraba de beber algo que olía peor y llevaba en un termo. Intentaba acomodarme pero era imposible. No conseguía encajar mis piernas contra el respaldo del asiento delantero. Era físicamente imposible. Mi amigo chino tampoco lo conseguía y en cada cambio de postura me iba comiendo terreno del sillón. Miraba alrededor y no encontraba a nadie "normal". La única chispa de humanidad estaba sentada a mi izquierda y era una entrañable mujer de unos setenta años y su cojín. Digo solo chispa porque en lo surrealista del viaje igual podía ser una adorable anciana que una jodida asesina en serie. El mal olor grupal superaba al de mi compañero de asiento. La luz encendida me impedía dormir. Hacía calor y el silencio no existía. No es aquello de que oyes un rumor de dos que hablan, no. Serían las dos de la mañana y todos seguían parloteando, bebiendo, comiendo, tosiendo...desde las doce. No podíamos dormir y era la única esperanza de conseguir fuerzas para poder recorrer Londres al día siguiente. Me dolían los ojos y la cabeza. Y muchísimo el culo y las piernas se alargaban por el pasillo. Mi amigo tampoco dormía. Ni el chino, ni la anciana del cojín, ni una familia que se subió en un pueblo fantasma y que con los chillidos de los niños y el apetito voraz del padre se unieron a la orquesta de ruidos desagradables que llenaban el autobús. El viaje estaba cobrando tintes de tortura vietnamita cuando de pronto
en la nada el bus se detiene. Se encienden la luces, la gente se agolpa y se oyen voces en inglés. Me entra miedo porque por un momento me parece que soy un preso al que llevan a la cárcel y se encuentra en manos del conductor que solo sabe gritar y dar órdenes y me olvido que la realidad es que intentamos hacer un trayecto mas en bus. Intento comunicarme con mi amigo pero está en trance. Sé que no está dormido. Pero sus ojos están cerrados y su cerebro como el mío hace rato que no carbura. Por fín reconoce mi voz y nos damos cuenta que nos cambian de autobús. Mas gritos, carreras y empujones para subir al nuevo. Como si hubiera menos plazas que en el anterior y los últimos (o sea nosotros) nos fuéramos a quedar sin sitio. En fin subimos sin tener la certeza de que nuestras maletas venían con nosotros y retomamos la ruta.


   Nuevo autobús, menos sitio, mas amigos. Volvemos a sentarnos separados y zas! cambio de acompañantes. Mi amigo con una chica y yo con otra. Las dos con la misma postura trampa fetal que les permite ocupar asiento y medio y a nosotros medio. Nadie se calla. Mi cerebro de verdad está cansado. Me pitan los oídos y pierdo las ganas de todo. Otra vez el autobús se detiene. Veo un hueco al fondo del autobús. Son dos asientos libres y aunque está al lado del váter ya me da igual. El chico que estaba sentado ahí se había ido al asiento del fondo. Me acomodo. Yo solo quiero dormir. Pero el chico vuelve y me dice que ese era su sitio y empezamos a discutir. En inglés. Al final me levanto para volver a mi sitio y me sale del alma un español y rotundo, ¡GILIPOLLAS! El chófer-sargento lo anuncia a gritos. Cuando arranque quien no esté se queda en tierra. ¿Dónde?. No se sabe. Pero nadie baja del bus. Se habrían acojonado como yo que ni siquiera me quedaban agallas para salir de la antesala de la muerte y fumarme un cigarro. No tenía fuerzas para desincrustarme del asiento. Todo el mundo empieza a gritar, a abrir lasta, bolsas de patatas, bocadillos. Todos comen y gritan. Son las cuatro de la mañana y mientras lo normal sería dormir todo el mundo come y grita. No podemos mas. Mi amigo levita su cabeza contra el respaldo de delante. Yo tengo ganas de llorar. Cambio de chófer y en la presentación del nuevo mas gritos y órdenes. ¿Dónde nos llevan?. Estoy dispuesto a contar todo lo que se con tal de que acabe este sufrimiento. Ya me da igual todo. De hecho le confieso a mi amigo que ni si quiera quiero ver Londres. Quiero matar y morir. Solo pretendíamos ir de Leeds a Londres.
   Al final llegamos. A pesar de viajar en National Express llegamos. No lloré. Mi amigo y yo estábamos de acuerdo. Éste había sido el peor viaje de nuestras vidas. Todo cambió a mejor con una taza de café en la cocina de una casa enmoquetada de Greenwich.

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